Jan 022009
 
Hace algunos días bajé a los comedores del Space Telescope Science Institute para tomar un “Grande Non-Fat Latte”, actualmente mi bebida americana preferida, medio litro de leche entera con cuatro espresso dentro. En el semidesierto salón me di cuenta que en una mesa tres colegas, Adam Riess, Mario Livio e Mike Hauser, estaban discutiendo acaloradamente. Se trata, digámoslo antes de todo, de tres personajes de un cierto calibre. Adam Riess descubrió la aceleración del universo y por lo tanto la enigmática “energía oscura” que constituye el misterio científico más grande de esta última década. Probablemente recibirá el Premio Nobel por este hallazgo. Mario Livio es un eminente astrofísico teórico, y además de tener un record monstruoso de publicaciones y de citas, escribe en su tiempo libre best sellers de divulgación científica traducidos en medio mundo. Mike Hausser, nuestro vicedirector, fue el responsable de uno de los tres instrumentos que viajaban en el satélite COBE que midió la radiación cósmica de fondo. Él no recibió el permio Nobel, puesto que se lo dieron solamente a los responsables de los otros dos instrumentos, John Mather y George Smooth. Llamadlo infortunio, pero en resumen, nos movemos en estos niveles.    La cosa que más me sorprendió del terceto fue sus posturas. Adam tenia folios entre las manos y gesticulaba. Los otros dos lo observaban con los ojos como platos y la boca abierta, asintiendo cada cierto tiempo. Su evidente excitación me recordaba una escena de Caravaggio, más increíble aún si cabe por la habitual compostura que sobretodo mantienen Mario y Mike, que habiendo pasado de los sesenta han visto de todos los colores, y no son personas que se exciten con facilidad cuando alguien les cuenta una historia.

Por lo tanto, me acerqué con mi tazón, diciendo abiertamente que no podía resistir la curiosidad de saber que estaba sucediendo, que era aquello sobre lo que discutían que les dejaba así de estupefactos. Con paciencia, Adam empezó ordenar otra vez sus folios mientras los otros dos, para nada cansados, lo jaleaban como si dijeran: “vamos, cuéntalo otra vez”. En efecto, se trataba de algo verdaderamente sorprendente.

En el año 1572, exactamente el día 11 de noviembre, una nueva estrella apareció en la constelación de Casiopea. En pocos días, las estrella se volvió tan brillante como Venus, visible aún de día, pero rápidamente inició a debilitarse desapareciendo de la vista al cabo de poco más de un año. El mayor astrónomo de su tiempo, Tycho Brahe, estableció que esta nueva estrella no se movía respecto a las demás estrellas, y que por lo tanto no era uno de los planetas sino que pertenecía a la esfera de las estrellas fijas, considerada por Aristóteles y Tolomeo como perfecta e inmutable. En su época, este fue un descubrimiento traumático.

Tycho Brahe había observado el fenómeno que hoy conocemos como una supernova. Las supernovas representan el más formidable evento catastrófico de la astrofísica estelar, la explosión final de una estrella. La cantidad de energía emitida en esta explosión se puede comparar con aquella emitida por todas las estrellas de una galaxia, aproximadamente cien billones de soles. Siendo así de brillante, las supernovas pueden ser detectadas incluso a distancias enormes, comparables con las dimensiones del universo observable. Pero aquellas supernovas cercanas a nosotros son extremadamente raras (por fortuna!). La casualidad quiso que pocos años después, en el año 1604, el discípulo de Tycho, Kepler, descubriera otra. Después de estas dos, ninguna otra por más de 400 años. Todavía esperamos la siguiente.

Mencionemos también que existen dos tipos diversos de supernovas: las de tipo I y las de tipo II. Aquellas de tipo II son producidas por estrellas supergigantes, que viven una vida breve y intensa, como si se tratasen de cósmicas James Dean. Las otras, las supernovas de tipo I, tienen orígenes bastante más modestos. Imaginad dos estrellas como el Sol, pero tan cercanas entre sí que prácticamente se toquen, en órbita una en torno a la otra. En el curso de su vida intercambian material entre si hasta que, a un cierto punto, una se desnuda prácticamente manteniendo solamente si núcleo duro mientras que la otra se hincha enormemente. Técnicamente, la primera es una “enana blanca”, mientras que la segunda se conoce como “gigante roja”. La gigante quiere restituir entonces material a su compañera. Pero una enana blanca no puede aceptar más material: superada un cierto límite se vuelve inestable y explota catastróficamente, originando una supernova.

A las supernovas de este tipo las podemos asimilar, más que a James Dean, a una mediocre crisis de pareja, pero emiten todavía aún más energía que aquellas de tipo II. Sin embargo, el motivo por el que son particularmente importantes es que las de tipo I son explosiones más o menos todas iguales, esto es, que emiten todas las misma cantidad de energía. Por lo tanto, representan indicadores de distancia fundamental: si conozco cuanta luz es emitida y detecto cuanta me alcanza, puedo determinar la distancia entre la supernova y nosotros. Usando este mismo método, Adam Riess y sus colaboradores descubrieron que alguna cosa no funcionaba en el modo en que el universo se expande, esto es, que su expansión se está acelerando.

Qué tipo de supernova fue aquella que observó Kepler? No lo podemos saber. Su luz nos alcanzó poco tiempo antes del descubrimiento del telescopio astronómico por parte de Galileo, en el año 1609 (que por otra parte celebra este año su 400 aniversario). Deberían pasar otros tres siglos antes que aprendiéramos a estudiar la luz de los cuerpos celestes a través de la espectroscopía, a finales del siglo XIX. La supernova de Kepler explotó demasiado pronto y la civilización no se había desarrollado tanto como para poder estudiarla. Esto es una auténtica lástima, ya que hubiera sido fundamental para nosotros poder observar con precisión extrema una supernova cercana, sobretodo si esta fuera de tipo I, para poder así comprender mejor las explosiones que tienen lugar en los rincones más remotos del universo, de las cuales solo nos llegan débiles señales.

En realidad, la luz emitida por la supernova de Tycho se propagó como una onda por todo el espacio. Según su dirección, en su camino encontró otros cuerpos celestes, otras estrellas y nebulosas. Y he aquí que sucede lo imprevisto: una de estas anónimas nubes de gas y polvo, alcanzada en un cierto momento por el efímero haz de luz proveniente de la supernova fue iluminada, reflejando a su vez el flash, y enviando por lo tanto un tardío señal reflejado también a la Tierra. Este fenómeno es conocido por los astrónomos como “eco de luz”. El retardo de este eco ha sido de unos 400 años aproximadamente. Cuatro siglos que nos han permitido inventar el telescopio, la astrofísica, … De esta manera, el 24 de setiembre de 2008 un grupo de astrónomos alemanes y japoneses han podido observar desde las islas Hawaii el eco de la supernova de Tycho y determinar su espectro: se trata de un espectacular espectro de una supernova de tipo I, finalmente!!

La naturaleza, digámoslo así, ha tenido paciencia con nosotros, compensando nuestro retraso y dándonos una nueva oportunidad. La realidad es generosa. Esto no disminuye para nada el hecho que es necesario que brillantes científicos vayan a la búsqueda de estos fenómenos, para que estos se dejen encontrar rápidamente. Encontramos en este episodio un poco de toda la dinámica de la aventura del descubrimiento científico. Pero continúo pensando en estos días sobretodo en los rostros estupefactos de mis tres amigos que solamente conseguían repetir “amazing!”, en nuestro discurrir intuyendo que en cada ángulo del universo reverbera un débil eco de todas las luces que han aparecido en su pasado, y en esta evidencia que el gran misterio de la realidad tiene –literalmente- la bondad de revelarse y de no ser nunca saciado, como un auténtico amante. Estas cosas son bellísimas. Y nosotros somos unos privilegiados, puesto que es bello hacernos mayores e iniciar otro año, que será celebrado como en Año Mundial de la Astronomía, siempre más capaces de asombrarnos todavía.